lunes, 13 de abril de 2026

Los tres duelos

El primer duelo lo pasé el once de marzo de dos mil dieciséis, que fue el día que cortándole las uñas a la niña le hice una herida. Ahí me percaté de que algo iba mal. El hospital del sureste de Arganda del Rey había hecho que me quedase sin el ojo izquierdo. Lo había perdido por completo a causa de un glaucoma  atípico juvenil, mal diagnosticado y maltratado. Con fuerza de ánimo y mucho apoyo familiar llegué al hospital infanta Leonor y me salvaron el ojo derecho. Y, a pesar de todos los problemas y de todas las lentes que en la once me dieron, me tenía que dar con un canto en los dientes, porque algo podía ver. Podía ver crecer a mi peque, ver la luna por la noche, e incluso hasta leer.

 La segunda pérdida fue el cuatro de abril de dos mil diecinueve, cuando me tuve que ver sometida a una operación en el ojo derecho, el único por el que me entraba la luz, ya que la medicación había dejado de hacer efecto en diciembre del año anterior, y tras varios intentos por parte del hospital, cambiándome medicaciones y pastillas y gotas, no se pudo hacer nada. Poco margen de maniobra tuve para reaccionar emocionalmente, pues poco después comenzó la pandemia. No sabía cuánto me aferraba a esa brizna de luz hasta ahora. He podido disfrutar de luz a través de mi ojo derecho, del sol molestándome todos los veranos, a veces  dándome cuenta de que la luz de la habitación estaba encendida. Incluso si me daban con luz de  un led blanco o una luz led roja, las podía distinguir y seguirlas. Hoy todo eso se ha acabado. Comienza el tercer duelo.

viernes, 13 de febrero de 2026

la ansiedad y yo

La ansiedad para mí no es ese muñequito simpático naranja que pulula por el cerebro equilibrado entre alegría y tristeza al final de la película. No, la ansiedad para mí es una giganta que me lleva en brazos allá donde voy, que cada vez que me quiere coger me aprieta el pecho y el estómago, mientras me enfoca hacia las cosas hacia las que no puedo alcanzar, estiro los brazos y los deditos y nunca llego a ellas. Mira, ahí tienes autonomía personal en las calles, con aceras elevadas, semáforos sin sonido, gente que no te ve, el bastón, y más allá tecnología inaccesible, cosas que siempre han funcionado y que dejan de hacerlo, gente que se harta de ti porque eres autista y repites demasiadas veces tus necesidades, quizás porque las repites sin dar a entender que lo necesitas, quizás porque las repites demasiado y ellos no te las pueden dar. No sé si es cierto eso que me han dicho de que mi diagnóstico anterior es incorrecto y soy persona autista, pero claramente me siento mejor hablando con personas autistas e intercambiando impresiones y recursos. Sus herramientas, que ahora son las mías, me están ayudando mucho. Aún sigo en brazos de gigantes naranjas, pero poco a poco.